d
 

HOMILÍA

IV DOMINGO DE PASCUA

 

Hoy hemos llegado al último domingo del tiempo de Pascua. En esta ocasión tenemos un pasaje del Evangelio muy valioso, ya que nos ayuda a conocer a Jesús más íntimamente. Es más, él mismo se nos revela, permitiéndonos conocerlo mejor para parecernos más a Él.

Hay dos rasgos de Jesús que nos presenta este Evangelio. Primero vemos cómo hace oración. De hecho este pasaje es el comienzo de lo que se llama “la oración sacerdotal” de Jesús. Es maravilloso ver cuánta confianza tiene Jesús con su Padre. Es como un hijo, como un bebé en manos de su papá. Acuérdate de cuando tu hermanito era pequeño y tu papá o tu mamá lo tenían que cargar para todos lados. No se inquietaba para nada, más que cuando tenía hambre o sueño. Era feliz y no le faltaba nada. Pues esa misma relación podemos imaginar en Jesús cuando le pide algo a su Padre; toda su confianza en que su Padre lo atenderá. La misma confianza nos debe distinguir también a nosotros, ya que Dios es nuestro Padre y siempre quiere lo mejor para nosotros.

 En segundo lugar podemos hacer como una radiografía del corazón de Jesús. Vemos qué es lo que lleva ahí dentro, qué lo mueve a actuar, a predicar y a realizar su misión. Su “motor” es el amor a su Padre. Lo ama tanto que el lema de su corazón es: darle toda la gloria posible. ¿Y cómo hace esto? Cumpliendo en cada instante lo que más le agrada. Cristo ama tanto a su Padre que siempre le quiere agradar, siempre busca modos para mostrar su cariño. También nosotros busquemos continuamente agradar a Dios. Esto es, cumplir sus mandamientos, hablar siempre bien de los demás, tratar bien a todos nuestros amigos y a nuestros hermanos, obedecer a nuestros papás y estar siempre orgullosos de ser amigos de Jesús.

 

Luis Felipe López, LC