El evangelio de este domingo es muy interesante, pues Jesús nos revela un secreto.
Como bien sabemos por el catecismo Jesús es Dios, el Espíritu Santo es Dios y el Padre es Dios. Viven en familia como nosotros vivimos en familia con nuestros papás y hermanos. Se quieren tanto que están todo el tiempo buscando cómo hacerse felices unos a otros. Nosotros también conocemos los gustos de los miembros de nuestra familia. A mamá le enternecen las rosas, a papá le gusta ver el fútbol, al hermanito le gusta jugar a la play station, etc. Jesús en el primer versículo del evangelio de hoy nos confiesa que a su Papá le encanta, le fascina la virtud de la sencillez.
Si examinamos las manifestaciones de Dios o las apariciones de la Santísima Virgen a lo largo de la historia, nos sorprenderemos que los hombres privilegiados que vieron y hablaron con Dios o con la Santísima Virgen vivían la virtud de la sencillez: Abraham, Moisés, Juan Diego, Bernardette, Lucía, Francisco, Jacinta, etc.
¿Qué tendrá la sencillez que tanto agrada a Dios? La virtud de la sencillez no es fácil explicarla, pero sí vivirla. Pues desde niños todos la tenemos más o menos. Por eso Jesús dijo una vez que los que son como niños entrarán en el Reino de los cielos, refiriéndose a los que viven la sencillez. Es decir, aquellos que saben que Dios los ha dejado en este mundo por un tiempo y que luego los tomará otra vez para que vivan eternamente con Él. Por eso ven siempre con novedad todo lo que les rodea. Además, saben que todo lo que tienen lo han recibido y no les pertenece, son regalitos de Dios mientras están en este mundo; por eso todo lo agradecen. En definitiva, los sencillos saben que son criaturas de Dios y que todo lo que les rodea es un regalo.
La virtud de la sencillez brota casi espontáneamente cuando se recuerdan estas cosas. ¿Y tú quieres ayudar a Jesús y al Espíritu Santo a alegrar a Dios Padre?
Francisco Hernández, L.C.