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HOMILÍA

X DOMINGO ORDINARIO

 

Jesús va por la ciudad con algunos de sus amigos, se encuentra con la gente en la plaza, en los pequeños puentecitos. Pero Jesús se fija en Mateo, el que cobra los impuestos para los romanos. Se cruzan las miradas y Jesús le dice un simple «Sígueme» y él se levanta y lo sigue.

            Es sorprendente pensar que Cristo escoja a un hombre de mala reputación, a un hombre que se puede considerar vendido a los romanos y se hace rico a causa de sacar el dinero a sus paisanos. Pero la respuesta se nos da rápidamente y a la vez se nos muestra esperanzadora: Cristo ha venido precisamente a salvar a los pecadores. Un médico siempre estará ayudando, atendiendo y curando a los enfermos. Un verdadero doctor no puede ver a alguien sufrir y cruzarse de brazos, tiene que poner lo mejor de sus conocimientos para salvar y curar a esa persona. Así Jesús nos deja claro que ante sus ojos los pecadores ocupamos el primer lugar. Nos ama tanto que está dispuesto a darnos siempre una oportunidad más.

             Mateo quedó tan tocado en el corazón, se hizo tan amigo de Jesús, que se convierte en un apóstol antes de que el mismo Jesús se lo pida. Es un buen ejemplo para nosotros, pues al encontrarse con el Maestro no se lo quedó para sí, sino que organizó una fiesta para presentarlo a todos sus amigos, que no eran precisamente unos angelitos, sino todo lo contrario.

 Jesús quiere llegar a todas las almas y para ello necesita nuestra ayuda. Él nos ve a los ojos, nos llama por nuestro nombre y espera que le sigamos.

 

Diego Morón, LC