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HOMILÍA

XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

En una de las estaciones del metro de la ciudad de São Paolo (Brasil), siempre se veía un pobre adolescente tocando un viejo violín. Para los que pasaban todos los días afanados en sus cosas, yendo o volviendo del trabajo, este personaje parecía ya como parte de la estación como lo son, por ejemplo, las bancas que a nadie le llama la atención.

            Quien le escuchaba por primera vez, podría decir que algo sabía de música y que tenía cierta destreza, pero realmente no era nada de extraordinario. Con suerte conseguía reunir algunos oyentes y sacar algunos centavos para su familia.

            Cierto día comenzó a tocar como de costumbre. Se reunieron unas cuantas personas y salió lo de siempre: unos ruidos más o menos armónicos. Pero este día pasaba por ahí de incógnito entre la gente un famoso violinista y compositor francés. Se acercó también al grupo de personas y se dio cuenta de algo que iba más allá de las notas que salían de aquel viejo violín. Con una mirada valoró las posibilidades del muchacho y, como intuyendo algo, sacó del maletín su violín personal y le dijo: «muchacho, ¿quieres usar este violín a ver cómo te va?»

Admirado, el muchacho tomó el violín que brillaba como nuevo, lo afinó, lo preparó…, y tocó una pieza asombrosamente bella. El mismo dueño estaba perplejo y lleno de asombro. Una grande masa de gente se reunió para ver quién era el artista. Todos se admiraban de cómo tocaba aquel chiquillo con la cara manchada, medio andrajoso, las uñas y manos sucias. Era un don escondido, como una semilla que nunca había podido desarrollarse debidamente por la falta de medios y que ahora se mostraba con todo su potencial.

Ahora apliquémonos el cuento. En el Evangelio de hoy Jesús nos habla de Dios como un sembrador que va esparciendo la semilla de su Palabra. Dios ha obrado en nuestras vidas. Por el Bautismo hemos recibido la semilla de la fe. Una semilla que contiene un gran potencial, pero que quedará siempre como semilla si no ponemos los medios necesarios para que se desarrolle, crezca y dé fruto.

Y en la misma parábola del sembrador Jesús nos ofrece los medios: Primero, constancia en nuestros propósitos y buenas acciones aún en medio de las dificultades; segundo, desapego del mundo y de sus cosas, es decir, vivir con el corazón en el cielo y los pies en la tierra; tercero, cultivo de la humildad y del sacrificio, pues no puede haber una tierra buena si ésta no está abonada con la generosidad y donación de uno mismo.

 

Ivo da Costa, L.C.