d
 

HOMILÍA

XII DOMINGO ORDINARIO

 

 

El evangelio de hoy nos habla de la coherencia, más aún de la valentía para ser coherentes. Jesús instruye a sus apóstoles para sean en todo momento predicadores de su Evangelio y no teman  las contrariedades y fracasos. Ellos habrán de dar testimonio de Jesucristo ante los hombres, siendo en todo momento lo que deben ser: cristianos.

¿Qué es la coherencia? La coherencia es “ser siempre lo que uno debe ser”. Te pongo un ejemplo. Aunque te parecerá gracioso, en mi colegio sólo a partir del quinto año se podía escribir con pluma. Los grados inferiores todos escribían con lápiz. Entonces, cuando pasé a quinto de primaria ya te puedes imaginar mi ilusión: ¡finalmente iba a usar pluma! Todo empezó excelente; hasta los problemas de matemáticas los hacía con la pluma. Pero a los pocos minutos, mi bolígrafo paulatinamente fue dejando de rayar; a veces funcionaba y otras no. ¡Qué fracaso y qué desilusión!

El cristiano coherente se comporta siempre como discípulo de su Maestro, Cristo. No es como las luces intermitentes o como mi primer bolígrafo: a veces sí, a veces no. Cuando no somos coherentes o no nos comportamos como debemos, Dios nos mira y piensa interiormente “¡qué fracaso y qué desilusión!”

Jesús es consciente de que la tarea no es fácil por lo que nos invita a ser valientes y generosos. Pero sobre todo, nos recuerda el premio que nos aguarda: “si alguno diera testimonio de mí ante los hombres, yo también daré testimonio de él ante mi Padre.” En otras palabras Jesucristo nos está diciendo: “¡Si tú eres coherente, te daré la felicidad más grande: el cielo!”. Ya desde ahora contamos con las fuerzas espirituales que recibimos cuando comulgamos y con la compañía continua de nuestra Mamá del cielo.

 

H. Lucas García, LC